Mi relación con Dios
Desde que era pequeña, mis padres me hacían creer en Dios, Jesús y todo lo relacionado con la Biblia y ser católico. Para ellos, la fe era un pilar fundamental en la vida, algo que debía regir nuestras acciones y pensamientos. Me inculcaron hábitos como ir a la iglesia a misa los domingos, rezar todas las noches antes de dormir y agradecer por cada día. En ese entonces, no le veía ningún problema a todo esto porque aún era una niña, y simplemente obedecía lo que mis papás me decían. Era parte de la rutina familiar, algo tan común como cepillarme los dientes o hacer la tarea. No cuestionaba nada, porque para mí era normal.
Sin embargo, a medida que fui creciendo, comencé a ver las cosas desde otra perspectiva y a dejar de hacer muchas de esas prácticas. Ir a misa me parecía lo más aburrido del mundo, al punto en que me daba sueño y me dormía en las sillas de la iglesia. Recuerdo claramente la mirada de desaprobación de mis papás cada vez que esto sucedía, y los regaños que venían después. A pesar de sus intentos de corregirme, nunca pude evitarlo; simplemente no encontraba ningún interés en lo que el sacerdote decía. Me parecía monótono, repetitivo y sin sentido.
Lo mismo pasó con la oración. Al principio, rezaba por costumbre, porque así me lo habían enseñado, pero poco a poco dejé de hacerlo porque no le encontraba sentido. Pedirle cosas a un ser divino y darme cuenta de que nunca pasaban me frustraba. Me cansé de esperar milagros que nunca llegaban y de confiar en promesas que parecían vacías. En cierta forma, esto me hizo desarrollar un resentimiento, una especie de enojo con esa figura que todos veneraban y que, según yo, no hacía nada.
Los años pasaron y mis padres, aunque al principio insistieron en que yo siguiera practicando la religión católica, eventualmente se cansaron de intentarlo. Fue un alivio para mí, porque sinceramente, nunca me había gustado. Dejar de ir a misa y no tener que rezar todas las noches me hacía sentir libre, como si me hubiera quitado una carga de encima. Sin embargo, esto no significó que estuviera completamente libre de la religión. Aún hoy en día, en ocasiones, mi mamá me obliga a asistir a misa con ella, especialmente cuando hay reuniones familiares. La familia de mi padrastro es súper religiosa, y por respeto a ellos, debo acompañarla a la iglesia.
Estas ocasiones siempre terminan en discusiones, porque sinceramente, no quiero estar allí. Me parece absurdo tener que participar en algo en lo que no creo, y peor aún, que me obliguen a levantarme y seguir la ceremonia. No veo el punto en hacer algo solo por compromiso. A veces cedo, solo para evitar problemas, pero incluso entonces, mi mamá me regaña porque tengo cara de amargada. Y claro, ¿qué esperan? Si algo me disgusta, lo voy a mostrar con mi expresión. No voy a fingir que disfruto algo que me aburre o que me incomoda.
Desde que era niña, también empecé a tener una visión más crítica sobre Dios. Me resultaba difícil entender cómo un ser todopoderoso, al que todos adoraban, podía permitir que existiera tanto sufrimiento en el mundo. Veía noticias sobre robos, asesinatos, violaciones y muchas otras tragedias, y me preguntaba: "Si Dios es tan bueno, ¿por qué permite que pasen estas cosas?".
Se suponía que Dios estaba para ayudar a las personas, para protegerlas, pero parecía que a muchas simplemente las ignoraba. Y lo que más me molestaba era que los creyentes siempre encontraban una excusa para justificarlo. Decían que todo sucedía porque "así lo quiso Dios" o que "tiene un plan para todo". Para mí, eso no tenía sentido. No podía aceptar la idea de un ser divino que, a pesar de su supuesto amor y misericordia, permitiera tanta injusticia en el mundo. Fue entonces cuando mi relación con la religión se quebró por completo. Me enojé con Dios y decidí que, si existía, simplemente me caía mal.
A pesar de todo esto, nunca me he considerado atea. Los ateos no creen en nada, y yo sí tengo mis propias creencias, aunque no encajen dentro de ninguna religión en particular. No sigo los principios de ninguna doctrina, pero hay cosas en las que elijo creer. Por ejemplo, me gustan los ángeles. No solo los que aparecen en la Biblia, sino también la imagen popular de ellos como humanos con alas. Me gusta pensar que existen, que están en algún lugar, observando. La idea me parece genial y hasta reconfortante, aunque si llegara a ver uno en la vida real, probablemente me desmayaría del susto.
También me gusta creer en la figura de Jesús, pero de una manera distinta a la tradicional. Me gusta imaginar que, si realmente existió, era una persona genial: un hombre hippie, amigable, carismático, que trataba a todos con amor y empatía. Una especie de revolucionario que iba en contra de las normas de su tiempo y que simplemente quería hacer el bien. Esa idea me encanta. Es divertido pensar en Jesús de esa manera, lejos de la imagen solemne que la iglesia ha construido sobre él.
Así que esta es mi historia con Dios. Para resumir, no creo en él del todo, realmente me cae muy mal, pero tampoco soy atea. Simplemente creo en lo que me parece interesante y en lo que me gustaría que existiera. Al final del día, cada quien elige en qué creer, y yo elijo creer en lo que me hace sentir bien.
Gillian Fuentes
Diseño Digital
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